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Las Joyas de la Plata: Cáceres

Cáceres, la ciudad blasonada.

Nuestro recorrer por la Vía de la Plata, adentrándonos por parajes norte extremeños, se ha convertido en casi un modo de vida. Hemos discurrido por diversidad de paisajes, climas, encuentros, dudas y certezas, pero una fuerza inconsciente nos empuja siempre a dar un paso más, máxime con la mente puesta en un destino majestuoso; Cáceres.

Su sólo nombre nos inspira conquista, piedra, blasones e historia. Y con esa inspiración nos adentramos en las inmediaciones de la ciudad conscientes de la espectacularidad y belleza que nos deparará esta ciudad. Caminamos expectantes atravesando calles comerciales y bulliciosas con nuestra mirada puesta en la Cáceres vieja, buscando las indicaciones para llegar a la Plaza Mayor, punto de inicio de nuestra visita y entrada natural a la ciudad monumental.

 

Plaza abierta, robusta y suntuosa, ha sido el centro de encuentro social y comercial durante siglos. De ella nacen las escalinatas que nos llevan al Arco de la Estrella, puerta de entrada al recinto amurallado y la más conocida de la ciudad medieval. Llama la atención su extraña forma cejada, que responde a una remodelación reclamada por uno de los nobles para que los carruajes tuviesen un fácil acceso a su palacio.

Una vez atravesada, hemos abierto la puerta del tiempo y nos encontramos inmersos en el
medievo, con calles empedradas, solemnes muros, torres con miradores, puertas rotundas,
escudos heráldicos y belleza, mucha belleza.

Son calles que bajan y suben, serpentean estrechas y con discurrir tranquilo, con sonidos livianos. Sin coches todo lo más son las notas lejanas de algún músico callejero o el repique de campanas lo que llega a nuestros oídos. Fácil en estas condiciones dejarse llevar a un mundo de otra época e imaginar cómo serían los encuentros entre los cacereños, sus ropas, sus conversaciones e incluso el olor de sus cocinas.

Absortos no tenemos otra pretensión ni ocupación que recorrer estas calles sin prisas, perdiéndonos y volviendo a aparecer en el mismo lugar, con deleite en el divagar lento y despreocupado, la mejor forma de conocer el casco histórico de Cáceres. Hablar sólo de la Concatedral de Santa María, del palacio de los Golfines, de la Casa de los Solis, del Arco del Cristo, de la casa de los Ovando o del Obispado sería injusto y sesgado, este centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, nos regala tesoros por doquier, también en sus esquinas y ventanas, y en elementos más inmateriales, cómo su atmósfera y las sensaciones que deja en el caminante.

Con esta riqueza patrimonial uno corre el riesgo de abandonarse a no recorrer zonas menos ‘nobles’, pero la periferia de la ciudad monumental también está llena de espacios quizá más prosaicos pero igual de aprovechables. Caminar por el Paseo Cánovas, tomar unos aperitivos en Plaza Marrón o de Santa Clara, o caminar por la Iglesia de Santiago en busca de la plaza de toros, también es un ejercicio de conocimiento y de toma de pulso de una ciudad llena de argumentos en sus calles y en sus gentes. Con este sabor abandonamos la contemplación de tanta y variada oferta y emprendemos nuestro camino, con nuestra fuente de recuerdos bien llena, y asegurándonos volver a recorrer estos rincones.

Comentarios

  • Eduardo

    5 de enero de 2021

    CÁCERES, la ciudad en silencio, con aromas a encina de sus chimeneas, donde plazas y callejones sobre roca viva configuran la ruta del peregrino. Magnifico artículo, agradecido como cacereño.

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